El despacho de la chica de trapo

Dakmar Hernández de Allueva



-Yo era un hada.

Cómo resistirse a una frase como esa. Volví sobre mis pasos y haciendo caso omiso al hecho de que allí abundan las ratas y los bichitos de uña, me senté a su lado.

-¿Un hada? -le pregunto. En mi cabeza aparecen algunos de los versos de Carlos Ann. Qué distinta esta chica a la señorita madrileña que rumbeaba porque se fastidiaba. Miro su maquillaje disperso por aquella carita enjuta y seca y pienso más bien en un hada con alas rotas que baila apretujada Murió la flor en un botiquín de la Baralt.

-Te dije que sí -repite agresivamente. Clava sus uñas rotas y sucias en mi brazo-. ¿No me escuchates, mijita?

Desearía tener litros de agua oxigenada en mi bolso y ahogar mi brazo durante horas. Más allá de la presión, pareciera que no hay rasguños. Cero contacto: suspiro aliviada.

-Yo siempre he estado bien buena, mamita.

Se toca lasciva y exageradamente. Recorre el relleno con el que se ha armado un cuerpo de fantasía que esconde los huesos, la ausencia de carnes, la lozanía, la juventud. Su mirada trasciende el techo roto del CNE que caerá en cualquier momento sobre nuestras cabezas; mira el pedacito de cielo, como si buscara algún recuerdo. Habla rápido, sus palabras aparecen como disparos en verborrea caótica.

-Todos estos carajos, toítos, con sus paltós oscuritos, todos… -grita, señala a algunos transeúntes, se ríe burlonamente y luego sentencia con actitud triunfante-: Se morían por mí, por mí nada más, mamita.

Algunos de los imputados voltean, otros ríen; todos siguen su camino. Ni siquiera me ocupo en tratar de adivinar lo que pensarán al verme, ahí sentada tan incómoda y fuera de lugar como pudiera percibirse.

Quiero irme. Estos encuentros sólo pueden concebir una amistad peligrosa. Luego de escucharla me pide plata y que le regale la bufanda. A esta altura de la gracia creo que es capaz de soltarme una puñalada si no accedo. Luego de despojarme se despide y me bautiza como carajita pana con una fuerte palmada en mi brazo magullado.



La historia del efecto es un lugar común. Ella era un hada empleada pública con sueldo mínimo, enamorada del jefe que nunca tramitó el divorcio y que la enrolló en senda aventura pecaminosa hasta que se cansó de la novedad y decidió quedarse en su casa por aquello de que los carajitos no tienen la culpa. Un hada marchita que no aguantó la ruptura y transitó por otras oficinas, otras direcciones, que atendió a ejecutivos e improvisados en el circuito de ministerios que saltan de una torre a la otra y que mermaron la dulzura, la piel, el goce y las caricias como los pedazos de concreto que escupen las torres diariamente. Mamarrachos con plata y vidrios ahumados que suprimen las palabras y componen la clase A que consume rosas rojas compradas en la autopista antes de embarcarse al matadero. Coctel de urgencia y desprecio. Tras la ausencia del sueño, del trabajo y del sueldo, encontrarse sentada días no laborables y feriados en los restos de jardinera que comparten los alcohólicos con las putas y los sordomudos frente a la entrada de la oficina del Seguro Social, nivel Avenida.

Ya la había visto.

Conversaba con uno de los conductores sobre la fauna del centro de Caracas, como en cuestión de horas el Centro Simón Bolívar transmuta de mercado buhoneril al valle de balas que canta Desorden Público y en tan sólo cincuenta metros de baldosas faltantes, las ratas comparten el calor de los borrachos desvaídos con las prostitutas que no hicieron pesos con qué comer y una mujer bajita con risa burlona ofrece algo parecido a un bebé mínimo envuelto en trapos mientras que discute por detrás de su hombro con otra que le ha arrebatado la botella. Ahí, en medio de aquel maremágnum, estaba ella, posando para un lente imaginario, rellena de retazos de tela, irregular y ridículamente voluptuosa.

-Ésa, esa es la borracha más loca de todas, la chica de trapo -me comentó Jhonny mientras entrábamos a la torre-. Imagínese que ella le hace “trámites” a los borrachitos para que consigan caña o drogas y negocia la división de las jardineras como si fueran dormitorios. Con lo que le pagan le compra la caña al novio de turno. También cobra por cuidar a los que duermen o por espantar a los ratones.

Mientras que en las oficinas diurnas se tramitan miles de papeles que esperan ser sellados millones de veces, durante la noche el mural de Amalivaca se impregna de humo de crack y se convierte en lindero de la basura. Al mediodía no pocos sedientos despiertan de la mona para hacerse de los almuerzos que reparten las misiones. Atender el celular o detenerse ante una vitrina, bien puede costarle la vida a algún desprevenido que insiste en obtener su pasaporte.

Los huérfanos del asfalto siguen siendo los niños. A la chica de trapo no le interesa gestionarle a los carajitos o los adolescentes que merodean como perros hambrientos los sótanos de las torres. Ellos no tienen dinero, y peor todavía mamita, esos pendejos vienen a mi oficina sin saber que coño es lo que quieren.


http://elinterdictodedakmar.blogspot.com/

2 comentarios:

Akelia Allueva dijo...

Historia cruel, pero divinamente contada!

Gheller & Esparza, publishers. dijo...

Sí, Dakmar sabe de Caracas. El personaje duele ya desde las primeras líneas. Enhorabuena, lograste espantar de mí, por siempre, la idea de buscar mi pasaporte. No quiero que me roben la bufanda que te robé.